Jorge

La semilla de mostaza

In Blog on noviembre 23, 2008 at 4:52 pm

En el tiempo de vida de Siddhartha Gautama, el Buda histórico, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo, una madre consumida por la pena vino a verle. Sollozaba y se lamentaba por la pérdida de su bebe cuyo pequeño cuerpo cargaba entre sus brazos. Todos los compasivos monjes se acercaban a ella con plegarias y rezos, mientras solicitaba una audiencia con el Buda mismo, aquel tan conocido maestro y hacedor de milagros.

El compasivo Buda la recibió con ojos apacibles y sonrientes, mirando al cadáver de su hijo. Instantáneamente fue envuelta en la bondad y el calor indescriptibles que del Buda naturalmente emanaban, ya que ninguna pena es mayor que la pérdida de un hijo.

La mujer le dijo al Buda: “Señor, mi hijo ha muerto y me encuentro inconsolable, ¿puedes traerlo de vuelta a la vida para mi? El era la luz de la totalidad de nuestro hogar. Esperamos su llegada por muchos años y ahora nos fue arrebatado por una súbita e incurable enfermedad. Tu que conoces a todas las cosas, quien ha trascendido a la vida y la muerte, por favor restaura a la vida a sus pequeños ojos. ¡No es justo que se nos haya robado tan pronto! Así rogaba la madre en su pena al Buda.
El iluminado no le respondió con rapidez. Mirando al infante gentilmente acarició su fría frente y entonces dijo: “fiel mujer, ve de casa en casa en este pueblo y obtén una semilla de mostaza de cada uno de los hogares en donde nadie haya muerto. Cuando tengas estas semillas tráelas a mi y entonces veremos lo que podemos hacer. La mujer estaba sobrecogida con alegría y esperanza, se postró ante el Buda y toco sus pies con reverencia. El entonces colocó sus manos sobre su cabeza como una bendición y así ella emprendió su camino, llevando al cadáver de su pequeño entre sus brazos.

Por todo el día fue de puerta en puerta, de casa en casa buscando semillas de mostaza de los hogares en donde no hubiese alguien fallecido. No obstante al proceder, contando su triste historia a donde quiera que iba, fracasó en encontrar siquiera un hogar en donde la muerte no hubiera ya visitado. Inquebrantable prosiguió su búsqueda, con la esperanza de que esas semillas mágicas de mostaza, a través de la bendición del Buda, trajeran de vuelta a la vida a su pequeño.

Al menguar el día, ella todavía no había podido recolectar siquiera una semilla de mostaza. . . ya que la muerte es ubicua. La gente se mostraba generosa, dispuesta a darle tantas semillas como ella deseara, independiente al hecho de haber o no perdido a algún familiar, más no obstante, ella se mostraba resoluta: ¡tan solo serían satisfactorias aquellas semillas de mostaza provenientes de un hogar en donde la muerte no hubiese visitado!

No contando siquiera con una semilla de mostaza para premiar sus esfuerzos, al arribo del atardecer, el entendimiento empezó a florecer en su mente atormentada: “¿no es este el destino de todos los seres vivos?” pensó en su intimidad, “todo lo que nace deberá eventualmente de morir, ¿no es éste un hecho primario de la existencia?, ¿la verdad del Dharma a la que el señor Buda me ha introducido?” Entonces se inclinó con reverencia en la dirección en donde entonces residía el iluminado.

Por la noche, con el bebé todavía entre sus brazos, regreso al lugar donde el Buda residía y aunque la mujer no traía consigo las semillas de mostaza que el maestro le había solicitado no regresó con las manos vacías, llevaba su recién ganado entendimiento como una brillante antorcha que iluminaba su interior.

Al aproximarse al Buda y ante el inclinándose paso a paso con reverencia, recostó en el suelo al cuerpo inerte de su hijo y le dijo: ¡O iluminado y compasivo, veo ahora que no es posible resucitar a los muertos! Me pediste te trajera una semilla de mostaza de cada uno de los hogares en donde la muerte no hubiese nunca visitado y no fui capaz de encontrar siquiera uno. Ahora entiendo, la lámpara de la verdad se iluminado en mi interior.”

“Por favor crema a este pobre niño y ruega por el. Me has dado un regalo tan grande como la vida misma. Confío en que tus plegarias conducirán al flujo de conciencia de este pequeño hacia un renacimiento superior y ulteriormente hacia la liberación y la iluminación”.

El omnisciente Buda simplemente sonrió con un gesto de aceptación.

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